Imagen de Goffredo Crollalanza, obtenida de Unsplash.
El nombramiento de Blazy supuso la primera vez, desde la llegada de Karl Lagerfeld en 1983, que Chanel buscó fuera de su propio taller a alguien para dirigir el departamento creativo, una decisión llena tanto de riesgos como de posibilidades.
El diseñador, descrito por los directivos de Chanel como «uno de los más dotados de su generación», se encargaba de supervisar todo, desde la alta costura hasta los complementos, un ámbito de responsabilidad extraordinario que abarca diez colecciones al año.
Y, sin embargo, si lo que se esperaba era un espectáculo, Blazy ha ofrecido, en cambio, algo mucho más radical: la moderación.
Una mujer Chanel diferente
El Chanel de Blazy no grita. No busca hacerse viral. No se adapta al algoritmo. En cambio, escucha.
Desde su primer desfile—Primavera/Verano 2026, presentado bajo una instalación de otro mundo en el Grand Palais—, Blazy marcó un cambio decisivo.
Todos los elementos característicos estaban ahí: el tweed, las camelias, el 2.55. Pero parecían suavizados, arrugados y reelaborados, como si se hubieran usado en lugar de conservarse.
No se trataba de una Chanel como pieza de museo, sino como recuerdo. Mientras que la Chanel de Lagerfeld solía deleitarse en la grandiosidad teatral y la de Virginie Viard en una continuidad bien cuidada, el enfoque de Blazy resulta casi antropológico.
Estudia la esencia de Coco Chanel —su insistencia en la libertad, el movimiento y la modernidad— y la traduce a un lenguaje contemporáneo que se aleja de lo teatral. El resultado es una ropa que resulta sorprendentemente auténtica.
Según las primeras críticas, Blazy ha rechazado la obsesión del sector por la «moda de Instagram» y, en su lugar, ha dado prioridad a la textura, el movimiento y la sensación al tacto, cualidades que hay que experimentar en lugar de limitarse a verlas. En una época en la que la moda suele reducirse a mero contenido, esta es una postura discretamente subversiva.
La artesanía como filosofía
Para entender el Chanel de Blazy, hay que echar la vista atrás a su etapa en Bottega Veneta, donde se labró una reputación por su obsesión por la artesanía y la innovación en los materiales. Bajo su dirección, la casa se convirtió en una de las marcas con mejor rendimiento dentro del grupo de lujo internacional Kering, impulsada por un renovado enfoque en la excelencia artesanal.
Esa misma filosofía es ahora la base de Chanel. Pero aquí, la artesanía no es nostalgia; es una historia.
Una chaqueta de tweed ya no es solo un sello distintivo de la casa; se convierte en un estudio de la imperfección. Un bolso no está impecable, sino ligeramente desgastado, lo que sugiere una vida que ya está en marcha. Incluso la camelia, que antes era un símbolo de feminidad refinada, se reinterpreta con formas arrugadas, casi frágiles.
Blazy no se limita a mantener los códigos de Chanel. Los pone a prueba. Y al hacerlo, pone de manifiesto su resistencia.
El peso del legado
Diseñar para Chanel es trabajar bajo la sombra más alargada del mundo de la moda.
Durante casi cuatro décadas, Lagerfeld marcó el estilo de la casa con una productividad incansable y un ingenio visual, convirtiendo la tradición en un espectáculo. Tras la muerte de Lagerfeld en 2019, Viard aportó continuidad, pero a menudo se le criticó por carecer de su teatralidad.
Blazy hereda tanto la expectativa de reinventarse como la carga de las comparaciones. Sin embargo, su respuesta ha sido sorprendentemente clara: no le interesa convertirse en el próximo Lagerfeld. En cambio, ha echado la vista aún más atrás, hacia la propia Gabrielle Chanel.
Su trabajo se inspira en el modernismo temprano de ella: tejidos de jersey, corte masculino y un énfasis en la comodidad y la autonomía. No es un retorno a la estética, sino a la ideología.
Y quizá por eso su Chanel resulta tan diferente. No se trata de revivir el pasado, sino de reactivar sus principios.
El momento de reinicio de la moda
La llegada de Blazy coincide con lo que muchos han descrito como un replanteamiento general del sector. A mediados de la década de 2020 se ha producido una reorganización sin precedentes de los directores creativos en las principales casas de moda, lo que indica una búsqueda colectiva de una nueva dirección.
En este contexto, la decisión de Chanel parece tanto estratégica como simbólica. Blazy representa a una generación de diseñadores que anteponen la colaboración al ego y el proceso a la imagen personal.
Conocido por su humildad y su profundo respeto por el taller, al parecer ha forjado una relación sólida con los artesanos de Chanel, haciendo hincapié en el diálogo y la colaboración. Este cambio de autor a colaborador podría acabar siendo su legado más perdurable.
Porque si el Chanel de Lagerfeld se basaba en la visión, el de Blazy quizá se base en saber escuchar.
Más allá de la pasarela
Las repercusiones del mandato de Blazy van mucho más allá de la prêt-à-porter. Chanel no es solo una casa de moda; es un ecosistema cultural que abarca la belleza, las fragancias y una identidad global.
Los observadores ya están especulando sobre cómo su sensibilidad podría influir en la división de belleza de la marca, donde se encuentran iconos como Chanel n.º 5. ¿Se volverá el maquillaje más táctil, más íntimo? ¿Se alejarán las campañas de la fantasía de alto brillo para acercarse a algo más humano?
Si nos guiamos por su estilo, la respuesta no será más llamativa, sino más profunda.
El futuro
En muchos sentidos, el Chanel de Blazy parece un rechazo a los extremos. No es ni maximalista ni minimalista, ni nostálgico ni futurista. Se sitúa en un espacio más ambiguo e interesante, definido por los matices.
Puede que esto no satisfaga a todo el mundo. La clientela internacional de Chanel es famosa por su exigencia, y cualquier desviación de lo habitual suscita críticas.
Pero a Blazy no parece preocuparle la necesidad de una aprobación inmediata. Su obra se va revelando poco a poco. Invita al espectador a volver a mirar. Y en un sector acostumbrado a ir pasando de una cosa a otra, esa podría ser la apuesta más atrevida de todas.
Ahora que Chanel emprende este nuevo capítulo, una cosa está clara: la casa ya no se expresa a base de signos de exclamación. Bajo la dirección de Matthieu Blazy, ha descubierto el poder de un susurro.
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